
En el centro de la pequeña ciudad de
Sogarra, el arquitecto lituano
Medvégalis diseñó un bloque de oficinas de ciento veinte alturas. En cada una de las plantas, colocó cuatro mil ochocientas ventanas de cristal azul corintio. Y dió por terminado el proyecto, el día que escribió en los planos:
"El Solitario".Ningún viejo del lugar, ninguna fuerza viva, ni los patrocinadores, ni los trabajadores del edificio, conocía que querían decir aquellas dos palabras. Y el enigma del nombre siguió creciendo entre los ciudadanos.
Pero había otro misterio, ningún delineante, aparejador, diseñador o ayudante del estudio de arquitectura, conocía el mecanismo de apertura de aquellas ventanas. Hasta que un día, a la hora de comer,
EmilioElRaroDeContabilidad, se acercó al grupo de ventanas mordisqueando su bocadillo y uno de los cristales, se abrió sin hacer ruido, dejándole ver el paisaje más verde y fértil de la comarca.
El sensor de melancolía ventanil diseñado por
Medvégalis había detectado el mayor índice de tristeza de toda la oficina.